¿Somos escritoras?
Es una pregunta que nos hacemos a nosotras mismas, que nos hacen desde fuera, que sentimos con incomodidad. En realidad, ¿qué implica ser escritora? Por supuesto que nombrarnos escritoras tiene un efecto: un miedo que puede ser transformador. También la posibilidad de enunciarnos envueltas en una práctica que nos da sentido. Sin embargo, preferimos preguntarnos: ¿Hacemos escritura?, es decir, ¿nosotras escribimos?
Sí, hace siglos que escribimos.
En su libro Cómo acabar con la escritura de las mujeres Joanna Russ escribe:
«Es fundamental que seamos conscientes de que la ausencia de prohibiciones formales contra el arte comprometido no excluye la presencia de otras que, a pesar de ser informales, son muy poderosas. Por ejemplo, la pobreza y la falta de tiempo libre son frenos realmente potentes en el arte.»
Pero no solo las condiciones materiales, porque a veces, incluso estando más o menos «superadas», entran en juego estrategias como la falta de atención editorial, el menosprecio de muchas escritoras en talleres creativos o en el seno de la Universidad: a muchas nos dijeron que «eso» que escribíamos era demasiado personal. Poco importante. Así pasamos a decir: «Yo solo escribo mis cositas». Como si la vida no fuese materia suficiente. Como si la experiencia propia no resultase fecunda, fértil para la creación.
En este ensayo Joanna Russ construye, justamente, una genealogía de estrategias que han silenciado la escritura de las mujeres a lo largo de la Historia de la Literatura. Si bien han existido condicionantes que han impedido el acceso de las mujeres a la palabra, también es cierto que la escritura de las mujeres en toda su diversidad ha existido siempre, muchas veces invisibilizada, arrinconada en los cajones, escondida detrás de seudónimos o menospreciada por la crítica (a excepción de los nombres que ya conocemos bien porque fueron apenas un puñado).
En nuestra experiencia a lo largo de estos casi 9 años guiando espacios formativos, círculos y conversatorios, hemos escuchado muchos, muchísimos testimonios como el que Joanna Russ rescata de Rebecca Harding Davis a través del trabajo de su biógrafa, Tillie Olsen, a quien siempre nos gusta regresar. Davis le escribió a su hijo sobre el oficio de la escritura: «No se trata de inspiración, sino de práctica. Al menos, el verdadero éxito requiere tiempo, paciencia y ser muy constante en el trabajo». Y dice Olsen sobre ella: «A menudo solo quedaban los restos exhaustos de sí misma en las migajas de tiempo libre después de atender las tareas de la casa, a Clarke, a los bebés, para dedicarse a un libro que requería todas sus fuerzas, toda su concentración. A veces tenía que entregar largas partes sin leer, sin revisar, para cumplir con la implacable fecha de entrega».
Como decía Harding Davis, en nuestros espacios insistimos en la práctica como la única manera en la que la inspiración puede encontrar una tierra donde echar raíces. Sin embargo, ¿por qué siempre dejamos la escritura postergada? Estamos cansadas, no encontramos el tiempo, siempre hay otras prioridades. La presión por ser productivas, el desencanto con la realidad o el síndrome de la impostora son otros motivos personales —devenidos de estructuras sociales y aprendidas— que nos alejan sistemáticamente de la escritura. Sobre todo si asumimos la escritura como un ejercicio plenamente solitario.
En Casa Índigo creemos profundamente en la importancia de juntarnos para hacernos escritoras las unas a las otras, para hacer escritura en comunidad. Insistimos en reservarnos un rato al mes para vernos, escribir juntas, pensarnos en el oficio, nombrarnos escritoras en un intercambio constante.
Siempre estuvimos aquí: tejiendo palabras, transmitiendo memorias, escribiendo diarios de viaje, ensayando ideas, intentando poemas, llenando cuadernos, haciendo escritura con la voz.
Como escribió en un poema la infinita Audre Lorde:
Sí, nos sentaremos aquí en silencio
a la sombra de distintos años
y la rica tierra entre nosotras
se beberá nuestro llanto.
Nos sentamos alrededor de una mesa, dentro de esta casa. Celebramos la escritura.
¿Somos escritoras?
Nos celebramos.